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RÓLOGO | El Zorro, Ginesillo y Valderas |
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Viene de antiguo la manía de muchos prologuistas de diseccionar el libro al que abren la puerta para fastidiar al autor. Resumen el libro, recomiendan capítulos y comentan los párrafos más destellantes. Decía Jaime Campmany que ese modelo de escritores de prólogos respondía al fracaso profesional. Son los que quieren demostrar que su prólogo es infinitamente más valioso y culto que el libro que presentan. Un libro, por otra parte, que ellos jamás habrían podido escribir. El cometido del prologuista es mucho más elegante. El autor del prólogo no tiene otro deber que el de la mayordomía. Abrir la puerta es como abrir las primeras páginas de un libro. La diferencia está en las formas. El buen mayordomo, como Jeeves, el inmortal personaje de P.G. Wodehouse, cuida hasta el último detalle y se adelanta a los acontecimientos. El otro mayordomo de mi vida es Tomás, que lo es de mi querido amigo el marqués de Sotoancho, y afirmo que no es tan perfecto como su ídolo menestral del Londres post-victoriano. Tomás cumple, pero Jeeves va mucho más allá. Medicina y Literatura van de la mano desde el rincón más oscuro de los tiempos. Los médicos, los buenos médicos, acostumbran a ser estupendos escritores. La Medicina es un abrazo de la Ciencia con las Humanidades. Un buen médico se forma junto al Latín y el Griego, que son nuestros padres en la palabra, y se detienen en la medida justa. Se doctoran en Medicina para hacer el bien, no en Lenguas Clásicas para apabullar al resto del personal. Ya lo dijo el gran Bernard Shaw, aquel irlandés residente en Londres, poseedor de uno de los talentos más brillantes y corrosivos del primer paso del siglo XX: “De los helenistas muy pocos saben algo de Griego. El resto, no saben nada de nada”. Bernard Shaw envió a su enemigo Winston Churchill un par de entradas para el estreno de “Pigmalión”, una de sus obras más preciadas y que en versión musical, muerto ya don Bernard, alcanzaría un éxito mundial con el título de “My Fair Lady”. A las entradas adjuntó una nota: “Sir Winston: Le envío dos entradas para el estreno del viernes, para que acuda acompañado de un amigo, si es que lo tiene”. Y Churchill, rápido y certero, se las devolvió con otra nota complementaria: “Sir Bernard: Le devuelvo las entradas porque el viernes no podré ir al estreno de su obra. Intentaré hacerlo el sábado, si es que aún permanece en cartel”. Pues eso, que esto no tiene nada que ver con este prólogo, pero lo cuento porque me divierte. ¿Es costumbrista el libro de Luis María Ilzarbe? Por supuesto que lo es, y a mucha honra. En esta España nuestra tan atormentada intelectualmente, el humor y la costumbre se desprecian. Cervantes, por explicarlo con un apellido. El humor es lo que sobrevuela, y también el cultivo, es decir, la Cultura, y aquí en España eso no está bien visto. Y el costumbrismo, -¿Qué era Dickens?-, tampoco se tolera, precisamente por su alta ambición literaria. Llevar a la palabra la vida cotidiana, los paisajes, los hechos, los acontecimientos, los olores y sabores de toda una época. El libro del doctor Ilzarbe está inmerso en el mejor costumbrismo, y se lee con una sonrisa permanente, porque su sabiduría ha sabido abrazar al buen humor. Alfonso Ussía
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