Entre los recuerdos de mis tiempos de universitario me viene a la cabeza con cierta
frecuencia esta máxima de nuestro profesor de Medicina e Higiene: "El campo,
idiotiza; la ciudad neurotiza".
La vida en el ambiente rural puro, por la falta de estímulos intelectuales, tiene el
peligro de conducir a los individuos a la atrofia o reblandecimiento o merma (no encuentro
la palabra adecuada) de las capacidades mentales. Otra cuestión es que la persona que
vive en este ambiente se preocupe de su desarrollo, y ejercite convenientemente su
intelecto.
Por contra, la patología posible y frecuente de la ciudad es la neurotización de los
individuos por el sobreestímulo constante a que son sometidos desde cualquier frente:
presiones familiares, urbanas, sociales, de trabajo,...
La cuestión es que hay dos posibles patologías distintas según el medio, la
idiotización en el rural y la neurotización en el urbano.
Hace poco, he leído en una revista que si uno quiere ser longevo debe evitar una serie
de profesiones, dentista una de ellas. Desde luego, no me extraña ver nuestra profesión
entre las más estresantes, y cada vez con mayor motivo.
Practicamos una labor extremadamente peligrosa en lo referente a salud psíquica que
puede facilitar, añadida al resto de abundantes ingredientes urbanos, que terminemos en
la neurotización. Al trabajo cotidiano en nuestro consultorio, se acumulan hoy día
múltiples argumentos de inestabilidad que abundan en la herida: apertura de nuevas
clínicas, la espada siempre levantada de la posible demanda por responsabilidad civil,
Hacienda deshaciendo nuestras contabilidades, seguros dentales,....
Dijo Schopenhauer que la capacidad mental de una persona es inversamente proporcional a
la capacidad de ruido que soporta. Pensamiento de gran actualidad, porque si hay una
época que pueda ser calificada de ruidosa esencialmente, ésa es la nuestra. No sólo
debemos contar con el ruido propio del mundo urbano, de la calle, en el que nos
desenvolvemos muchos de nosotros: tráfico, motores, obras,... Hay que agregar el gran
ruido en su presentación más genuina, formato por excelencia de nuestra gran
civilización: la música basura. Por donde vas o vuelves, entras o sales, bajas o subes,
está omnipresente la radio con la emisión constante, neurotizante e impenitente de
música basura. ¿Quién no ha tenido la desagradable vivencia de parar en un semáforo al
lado del cafre de turno, manos fuertemente asidas al volante, mirada fija hacia ningún
lugar, con el radiocassette a todo trapo y las ventanillas bajadas, bramando por cuatro o
seis altavoces música barbaro-basura, bacalaera quiero?.
Cabría investigar si el incisivo pensamiento de Schopenhauer es recíproco, de modo
que si el sabio consideraba la capacidad mental elevada incompatible con los ruidos,
¿podrán los ruidos, en su forma genuina, la música basura, reducir la capacidad mental
de los oyentes? (Quizás fuera esta una cuestión a tener en cuenta por los pedagogos como
punto de partida para solucionar determinados aspectos del fracaso escolar).
De la misma forma que una aceleración constante y repetitiva por encima de lo
recomendado en un vehículo puede fundir su motor, presumo que el machaqueo sensitivo
intenso, repetitivo y asincrónico contra las delicadas células cerebrales, que a través
del oído genera la música basura, puede perfectamente dañar la capacidad mental del
individuo. Está plenamente establecido que el boxeo es una actividad nociva pues la
reiteración de golpes causa daños físicos irreparables. Igual es posible considerar con
respecto a los ruidos, duros y sin concordancia.
Si queremos conservar nuestra capacidad intelectual, que hace falta en la profesión,
por supuesto debemos alejarnos en lo posible de los traumas acústicos gratuitos. La
música en los consultorios será apacible, relajante y constructiva.
Igual podríamos hablar de los colores, las actitudes, los horarios,.. y tantos y
tantos elementos que ergonómicamente bien dirigidos nos alivien de algún modo del
estrés que el propio ejercicio de la profesión tiene en sí. Los contaminantes físicos
y psíquicos urbanos que nos rodean son muy abundantes y hay que saberlos reconocer
adecuadamente. Dominemos a la bestia, no que la bestia nos domine a nosotros.
Don Santiago Ramón y Cajal aconsejaba ya en su tiempo a sus alumnos sobre la
conveniencia del esparcimiento para la buena labor de enseñanza e investigación. El
pasado año, en una exposición realizada en el Ateneo de Valencia sobre la estancia del
genio en nuestra tierra (recordemos que D. Santiago regentó su primera cátedra, la de
Anatomía, en nuestra Universidad) pude copiar este pensamiento sacado de su libro
"Recuerdos de mi vida", año 1923, en donde hace referencia a las frecuentes
excursiones con sus amigos del Ateneo por nuestra región:
"Este oreo literario y
político hízome mucho bien, evitando a mi cerebro esas temibles atrofias compensadoras
del especialismo profesional, en virtud de las cuales vemos con pena todos los días a
matemáticos, físicos y naturalistas insignes discurrir sin cordura y a la buena de Dios
en cuanto se les saca de sus habituales estudios, obligándoles a platicar de filosofía,
arte o de ciencias sociales..."
La práctica de actividades lúdicas diariamente y
en tiempo suficiente, es necesaria para equilibrar debidamente a las personas que cumplen
con obligaciones profesionales públicamente reconocidas por los expertos como nocivas
para su propia salud. Y la nuestra lo es, y peligrosísima.
La neurotización por sobreestímulos es una constante en nuestro entorno y debemos
combatirla tenazmente sobre la base de una organización idónea tanto del consultorio
como del tiempo libre (deportes moderados, práctica de hobbies, cierta vida social,
actividad intelectual en otras ramas de la ciencia y cultura,...) de modo que no afecte
nuestra salud a la larga, que las coronarias gastan malas bromas.
Luis María ILZARBE
Médico estomatólogo.