En septiembre pasado leí un artículo Maestros de
la farmacia (Las Provincias 10/09/99) firmado por Luis
Corbí Coloma, conocido farmacéutico valenciano. Se refleja en el contenido un
profesional honesto, inquieto, generoso y preocupado por la relación humana del día a
día en su entorno; amante de su quehacer que se resiste a ver morir su parcela convertida
en un generador económico, sin más. Analiza la asistencia farmacéutica y concluye
abogando por la calidad en contra de la cantidad.
Inmediatamente hice memoria del pasaje de
Cajal cuando en sus escritos autobiográficos recuerda a su padre, médico rural y
su mejor maestro: Tenía mi padre una vocación natural por la enseñanza y
gozaba viendo los progresos de una inteligencia infantil. No sólo enseñaba a sus hijos
sino a cualquier niño con quien topase, porque para él la ignorancia era la mayor de las
desgracias y el enseñar el más noble de los deberes. Es una cita tierna y
magistral donde Cajal abona el pensamiento que inspira a Corbí y en el cual yo también
me incluyo.
La gran duda, el grave problema a
resolver es: ¿Cómo podemos actualmente hacer posible la coexistencia de un nivel
económico profesional digno y aceptable junto a la filosofía de la calidad?.
Indudablemente, seguir a machamartillo por el camino de la calidad es una política,
aunque loable, económicamente nefasta. Y cuando llegamos a casa, no lo olvidemos, los
niños piden comida, y ésta vale dinero.
Se dice que la rapidez es una virtud que
indefectiblemente se acompaña de un vicio, la prisa. La incertidumbre que genera la
contemplación de los oscuros horizontes profesionales en el mundo de la salud, como en
otros muchos, derivada de la reconversión a que está sometida la sociedad, hace que
clínicos, farmacéuticos, etc. se esfuercen por no perder el tren de la competitividad
(por desgracia el único que se nos ofrece), actualizándose constantemente en aquellos
campos, que son muchos, en los que no fueron formados académicamente: marketing,
informática, relaciones laborales,... Lo malo es que el esfuerzo lleva a la rapidez y
esta a la prisa. Y la prisa vicia la asistencia y la convierte en cantidad sin calidad
(porque, como dice Cela, lo que se hace de prisa, de prisa se aja y aún más de
prisa muere.)
Pero nos hallamos de un modo particular
reflexionando sobre lo que globalmente es el gran conflicto social de los últimos años:
el enfrentamiento de las concepciones sociales Norte Sur y su solución. El
desarrollo, tal como se concibe en nuestro tiempo, responde a todos los niveles a un
planteamiento competitivo. Es un modelo social impuesto por el Norte con el cual el
pensamiento clásico del Sur no concuerda en absoluto, pero con el que tiene que moverse
necesariamente (No olvidemos, seamos realistas, de qué mano prende la batuta que dirige
el cotarro internacional).
El fruto del choque en nuestro entorno: Vivimos
mejor, pero nos sentimos peor.
Si estamos inmersos en una sociedad
economicista y compitiendo con concepciones y conductas económicas absolutas, legales por
supuesto, cuya primera y en ocasiones única finalidad es la ganancia al precio que sea,
se impone dar una respuesta clara y contundente al interrogante. Y con urgencia. Con
rapidez, pero sin prisa.
Son muchos los pensadores, maestros de la
ética, que buscan incesantemente la luz en las profundas tinieblas de la sociedad
occidental.
Miguel Delibes, por traer un
ejemplo insigne y significativo, reflexiona abundantemente a lo largo de su extensa
bibliografía sobre este tema crucial. Basta leer la breve obra Un mundo que
agoniza para darse una idea de sus inquietudes. Delibes piensa que la
máquina social, por un error de medida, ha venido a calentar el estómago del hombre pero
ha enfriado su corazón. Amargamente, escribe: Los pies ya no sirven, en ninguna
parte, dentro de ese mundo que hemos dado en llamar civilizado, para desplazarnos, sino
para acelerar y desembragar. El hombre del siglo XX ha perdido la alegría de andar. ¿No
será más exacto afirmar que la mecanización le ha desquiciado?
¿No resulta obvio que el hombre
protegido por unos cristales y una chapa de hierro, con un pedal en el pie derecho capaz
de impulsarle a cien kilómetros a la hora, se torna duro, insolidario, hermético y
agresivo?.
Concluye: Únicamente un hombre
nuevo humano, imaginativo, generoso- sobre un entramado social nuevo
..
Son abundantes los ejemplos de pensadores
honestos y sagaces alarmados por la situación y proponiendo continuamente soluciones. Y
no hay que ir muy lejos: Luis Racionero (El mediterráneo y los bárbaros
del Norte), Fernando Savater (Ética para Amador,
Política para Amador), Luis Rojas Marcos (La ciudad y sus
desafíos)... Y los hay incluso hasta en el admirable campo del humor, recuerdo
al cachondo aquel que sentenciaba irónicamente: Si esto es el tren del progreso,
que paren que yo me bajo.
Hace falta una gran generación de
políticos que sepa plasmar en la difícil realidad social las soluciones que otros, los
maestros de la ética, ya han planteado aunque sea en el mundo etéreo y mucho más fácil
de edificar de las ideas. Desde luego, si la sociedad occidental es capaz de alumbrar unos
maestros de la política con la capacidad de interpretación a la práctica de lo que ya
se ha propuesto reiterada y acertadamente desde la ideología, los problemas de Corbí
y los míos vendrán resueltos por lógica deductiva.
Lo malo es que no veo luces en el
panorama político actual. Quizá haya alguna esperanza aunque tengo razones profundas
para ser pesimista. Algún peón, alguna individualidad con el espíritu del hombre nuevo,
humano, imaginativo y generoso anhelado por Delibes, sí podemos vislumbrar pero es
por desgracia una muestra irrelevante frente a un mundo de circunstancias e intereses
nacionales e internacionales cada vez más contrario y agresivo...
Respecto a nuestra particular
problemática sanitaria, debemos reflexionar que los criterios éticos en los que los
profesionales de la salud hemos sido formados, desde la escuela hasta la Universidad, y en
los que creemos, chocan en la mayoría de las ocasiones de un modo frontal con los
planteamientos economicistas a los que la realidad nos lleva. La lucha es por tanto
dirigida a encontrar una solución digna que nos guíe al equilibrio entre lo que nuestro
corazón nos dicta y lo que nuestra razón nos sugiere, para evitar la esquizofrenia en la
que estamos inmersos: ¿Cómo responder desde nuestro frente de profesionales de la
sanidad, con las limitaciones que marca nuestra ética y las carencias importantes
apuntadas en materias de formación, a los empresarios de la odontología?. No
es nada fácil, por lo menos para mí (creo que para Corbí tampoco). El progreso en la
vida es una continua resolución de complejos. No pensemos que éstos acaban en la
juventud como creíamos. En absoluto. Cada edad y estado tiene unas dudas o complejos que
hay que resolver para intentar madurar y estabilizar la posición y relación sociales.
Pero no podemos quedar con las manos cruzadas. Aquí ya no hay término medio, el que no
vaya para adelante va a ir hacia atrás, sin dudarlo. Siempre habrá quien apoye su
postura inmovilista en la dignidad profesional, pero eso me huele a mezquindad, a no
querer invertir en renovación. Hay que ponerse a andar y sin dilación.
Debemos convencernos de que nuestras
clínicas han dejado de ser únicamente centros asistenciales sanitarios. Nos guste o no,
es la realidad: Somos gestores de un negocio, con sus particularidades pero negocio al fin
y al cabo, que paga impuestos como nadie. Del mismo modo que a su tiempo, ya no se
discute, tuvimos que echar mano de los gestores administrativos cuyos honorarios ahora
forman parte de los gastos propios de nuestro ejercicio, en la actualidad y de cara al
futuro hemos de asumir también que la gestión empresarial debe entrar en nómina. Este,
a mi entender, es el camino a seguir para iniciar correctamente la respuesta a los
empresarios de la odontología.
Y no solo a nivel particular sino
también colectivamente. Los colegios profesionales deben aconsejarse de profesionales de
la economía en sus juntas para servir adecuadamente a aquellos que los eligieron.
Luis María ILZARBE
Médico estomatólogo.